No mueras… háblame.

suicidio

mujer entra al mar con intento de suicidio

Por: Lcda. Karin de Schwank, Psicóloga Clínica

La muerte es difícil. Nunca estamos preparados para ella; no estamos hechos para la pérdida. Nuestro cerebro busca la conexión, la pertenencia, la aprobación, la aceptación y el amor. No sabemos cómo hacer para manejar lo contrario. La terminación, la pérdida, la soledad, el rechazo y la muerte son experiencias que nos aterran y que nos hacen sufrir profundamente.

Es natural para el ser humano rechazar la muerte, por eso el suicidio es un evento que nos sacude hasta lo más profundo de nuestro ser. Es inconcebible para los seres humanos creer que alguien pudiera llegar a tomar dicha determinación cuando lo que siempre deseamos es prolongar nuestros días de vida. Cuando ocurre, nos cuestionamos: “¿Qué pudo haber pasado? ¿Qué pudimos haber hecho diferente para evitarlo?”. Si nuestra vida es impactada por el suicidio de alguien cercano, es claro que vendrán preguntas que quizá nunca podamos responder.

Existen muchas hipótesis sobre las causas del suicidio. Existe la creencia de que el suicidio es un acto que se lleva a cabo en un momento en que la persona entra en un estado de delirio; una decisión que se toma en un momento de pérdida de contacto con la realidad. Por otro lado, relatos de aquellos quienes han dejado rastro de su proceso previo al suicidio, han aportado evidencia sobre cómo esta decisión no parece ser tan impulsiva como argumenta la contraparte.

Lo más relevante sobre este tema tan delicado es que nos obliga a reconocer que es una condición a la que debemos prestarle atención mucho antes de lo que estamos dispuestos a hacerlo. Creemos que nunca llegará a ocurrir. Creemos también que aquellos que parecen deprimidos, pronto se les pasará. La vida está organizada alrededor de la búsqueda de la felicidad. Por esta razón, evitamos a toda costa aquello que parezca triste o arrollador. Aprendemos muy temprano a vivir nuestro dolor a solas, a mostrarnos fuertes por fuera cuando estamos destrozados por dentro. La vida también nos enseña que hablar acerca de nuestra tristeza es mostrarnos débiles. Inclusive, hemos aprendido que hablar de lo que nos duele es hacernos las víctimas. Todo esto es un mito, un mito basado en una sociedad que se escuda detrás de un “No pasa nada”, de una sociedad que vive buscando alivios inmediatos a una condición prevalente, pero silenciosa.

Los criterios para considerar una depresión clínica incluyen un estado de ánimo depresivo e irritable, una disminución en el interés por el placer, un cambio significativo en el peso o en la percepción del hambre, cambios en los patrones de sueño, cambios en los niveles de actividad física, fatiga, pérdida de energía, culpa, sentido de minusvalía, dificultad para la concentración y tendencias suicidas.

Si analizamos cada uno de estos criterios, es probable que cada uno de nosotros se identifique con más de alguno de ellos. La mayoría de nosotros se ha sentido fatigado y con falta de energía más de una vez en la vida. Muchos tenemos dificultad para mantener la concentración. Y no digamos todas esas fluctuaciones de peso que hemos tenido más de una vez en nuestra vida. Estas son las razones por las cuales la depresión tiende a minimizarse. Por ser tan común y tan frecuente, hemos aprendido a verla como una realidad humana, la cual no amerita atención ni mucho menos tratamiento.

Resulta evidente, innegable y claro que la depresión puede ser letal. No obstante, mucha investigación se hace para los tratamientos de otras condiciones que acechan la vida humana. Millones de dólares se invierten en el desarrollo de avances que puedan proveernos mayores garantías de vida, pero muy poco se hace en torno a condiciones como la depresión. Y a pesar de que existe tratamiento medicamentoso para esta condición, tristemente no es suficiente para contrarrestarla ni curarla. La depresión ocurre como resultado de un entretejido de toda una historia, la cual no puede ser tratada químicamente, al menos no de forma exclusiva. El tratamiento requiere de un plan integral que incluya una revisión detallada de las pérdidas y de las adaptaciones a la adversidad a las que hemos sido expuestos.

Si nos detenemos a revisar lo que ocurre en el mundo interior de los estados depresivos, encontramos mundos rotos, múltiples pérdidas y un sinfín de formas de adaptación que nos permitieron llegar a una sobrevivencia carente de significado ni dirección. No sólo estamos en silencio y cargando nuestro dolor a solas, sino también corremos para evitar enfrentarnos nuevamente a la fuente de lo que generó esa tristeza. Pareciera que dedicamos nuestra vida entera al intento de escapar del dolor, hasta que encontramos que la única manera de resolver el trauma de lo que nos ha lastimado es enfrentarnos a lo que duele. Y es así que paramos de escapar.

Yo siempre digo que la mejor cura para la depresión es la depresión misma. Con esto, lo que parece ser fundamental en el tratamiento de la depresión y la prevención del suicidio es entender que la muerte y el dolor son parte integral de nuestra vida. Al querer escapar, evitamos la posibilidad de comprender esta situación, lo que puede llegar a asustarnos a tal grado que inevitablemente llegamos al punto de desear morir. Si comprendemos que escapar no es la solución, podemos tener la oportunidad de hablarlo. Y es que toda persona merece un espacio para contar su historia, para ser escuchado y ser visto sin juicio.

Cuando revisamos nuestra historia detenidamente, logramos encontrar aquellos espacios en donde fuimos carentes de lo que necesitábamos. Todos estos espacios representan nuestras pérdidas. Algunos crecemos en ambientes en donde hubo excesos. El abuso es un exceso. Entre las pérdidas que genera un ambiente de abuso está la pérdida de la garantía de la seguridad. Cuando tomamos conciencia de lo que perdimos es cuando verdaderamente iniciamos nuestro proceso de duelo. La depresión resulta ser un cúmulo de depresiones no vividas.

El tratamiento de la depresión es un acompañamiento a esos espacios oscuros que nos aterran. La diferencia está en que no tenemos que ir a esos lugares solos. Cuando somos acompañados en este proceso, se nos ofrece un testigo de lo que vivimos; ese testigo valida nuestro dolor. Y únicamente en la medida en la que nuestro dolor es validado, es cuando podemos iniciar el proceso de cambio. Mientras no somos validados, nuestra voz interna clama por esa atención a nuestro dolor. La validación es como ese bálsamo que inunda nuestras heridas y las sana.

Cuando percibimos esta calma es cuando podemos empezar el proceso de construcción de esa vida que solamente nosotros podemos construir. Por el contrario, cuando perdemos la esperanza de ser vistos y escuchados es cuando el suicidio resulta ser la única opción. Si buscamos vías de expresión con personas seguras podemos revertir el proceso e iniciar un proceso creativo de vida. A pesar del dolor, podemos decir sí a la vida y sí al cambio. Podemos caminar al otro lado de la oscuridad y encontrar los colores para nuestra obra de arte que sólo nosotros podemos crear… ¿Pintamos?

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