Las “vacunas” de la felicidad para nuestros hijos

Por: Lcda. Karin de Schwank, Psicóloga Clínica
iluminaycrece@gmail.com

En el momento en que nacemos, el primer llanto es nuestro primer grito de desesperación. Deseamos volver a donde estábamos; en el vientre materno teníamos garantizadas todas nuestras necesidades básicas. Ese primer grito es la realización de que debemos de respirar por nosotros mismos y la experiencia de hacerlo solos es traumática. Sabemos de modo instintivo que nuestra madre es el ser que nos provee la mejor garantía de vida y es por eso que clamamos estar cerca de ella.

Existen diversas circunstancias que ocurren alrededor del nacimiento de un ser humano. A pesar de que todos requerimos de nuestra madre para asegurar nuestra existencia, muchos no tienen esa suerte. Algunos nacen y son entregados a otras personas para su cuidado. A pesar de que el cuidado que ofrecen puede ser un cuidado que permite que el bebé sobreviva, la angustia de estar separado/a de su madre biológica es una carencia profunda innegable.

Pareciera injusto aseverar lo anteriormente dicho. Desearía poder decir que me equivoco, pero lamentablemente existe ya mucha evidencia científica que confirma lo propuesto. Nuestro primer trauma de vida es nacer y si no somos lo suficientemente afortunados de tener a una madre que se haga cargo de nosotros, las demás opciones que implican tener padres adoptivos o familia extendida quienes se hacen cargo, ofrecen ambientes que, a pesar de estar llenos de amor, no son capaces de mitigar el dolor que trae consigo una carencia de esa magnitud.

Quienes somos extremadamente afortunados de quedarnos a la par de nuestra madre después del nacimiento somos bendecidos. Su presencia es una vacuna de vida. Además, garantiza la sensación de que el mundo es seguro. Nuestra madre nos ofrece esa nutrición emocional que nos conforta ante un mundo que tiene el potencial de lastimarnos profundamente y de causarnos trauma.

Existe también la posibilidad de que a pesar de quedarnos al lado de nuestra madre, alguno pueda ser abandonado emocional o físicamente por ella o bien abusado/a por ella. El abuso puede venir en una multiplicidad de formas, desde la negligencia, hasta el maltrato físico y el emocional. Nuestra vulnerabilidad innegable nos hace blancos fácil para el trauma. Con trauma me refiero a todas aquellas experiencias de vida que tienen la capacidad de impactarnos al punto de moldear y formarnos. Por ejemplo, si mi madre me muestra garantía de presencia cada vez que yo lloro, yo aprendo que el mundo es un mundo predecible y seguro. Si por el contrario, mi madre me ignora cuando lloro, aprendo que el mundo no es seguro ni predecible y por ende me convierto en alguien temerosa, insegura, ansiosa y tendiente a la depresión.

Parece exagerado decir que nuestra madre y su afecto posee todas las capacidades para vacunarnos, pero no es una exageración; es muy cierto, créanme. Nuestra madre posee todas las capacidades para vacunarnos en la vida y otorgarnos esa seguridad y confianza o dejarnos en el frío del desamparo, generándonos las ansiedades más profundas. La buena noticia es que existen otros seres que nos ofrecen inoculaciones que nos permite seguir adelante en la vida cuando no hemos tenido la suerte de haber tenido una madre afectiva, protectiva, presente e incondicional.

Son muchos los retos que las familias afrontan hoy en día. Las mujeres tenemos que salir de casa para colaborar con el presupuesto familiar. También hemos despertado en nuestro deseo de ser productivas y de ser formadas profesionalmente para poder aportar al hogar más allá de los cuidados de los hijos. Estos hechos trascendentales han causado impactos en las dinámicas de familia y los niños cada vez más requieren de sustitutos para satisfacer sus necesidades básicas.

Los indios americanos dicen que se requiere de un pueblo entero para criar a un niño. Ellos siempre han sabido que no puede dejarse el rol de la crianza exclusivamente a la madre. Al día de hoy, es evidente que el padre juega un rol fundamental. Los hombres han despertado un deseo por ser más partícipes en la crianza de sus hijos. Ha surgido en ellos otro tipo de vacuna, una vacuna particular, que junto a la madre, crea un escudo inquebrantable ante la vida. En su forma singular, el padre también es vacuna. Un padre que se muestra preocupado, quien provee seguridad, protección, presencia juvenil, guía, fuerza y aliento, es una relación que otorga al niño una sensación profunda de protección y de seguridad.

El denominador común que surge en la descripción de estos dos roles fundamentales en nuestra vida son la presencia, el amor, el cuidado, la ternura y el deseo de ser parte de nuestra vida. La incondicionalidad, la aceptación, el afecto, el respeto, la celebración de nuestras cualidades, el hacernos sentir especiales y tantos otros atributos, nos ofrecen vacunas para la vida.

Es muy especial e importante recibir todo eso de nuestros padres. Sin embargo, está claro que todos nosotros hemos tenido la suerte de tener ángeles en nuestras vidas que nos han proveído con amor y aceptación. No sabemos cuándo seremos nosotros un ángel para alguna persona. Y, ¿si lo ofrecemos sin que se nos pida, para ser vacuna y así salvar al mundo?

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