El regalo más grande: YO.

Por: Lcda. Karin de Schwank, Psicóloga Clínica

Como las bellotas que caen al suelo en la época de otoño, los humanos venimos al mundo a caer en un suelo desconocido, incierto y muchas veces atemorizante. Desde la fecundación, nuestra existencia humana se define de forma biológica. La generación de un ser humano a partir de dos células es verdaderamente una experiencia mágica, misteriosa y milagrosa inclusive. La voluntad del ser humano no puede interferir con el majestuoso proceso biológico de creación. Y es así, con la multiplicación de células, que nuestra existencia cobra materia. Somos simplemente observadores de ese proceso indescriptible. No podemos más que ser testigos en asombro de la majestuosidad de un proceso en el que, a pesar de que no lo comprendemos, estamos inmersos desde nuestra concepción.

Desde que es concebido, ese cuerpo biológico viene cargado con códigos de preservación, los cuales son automáticos y se mantienen así a través de la trayectoria de nuestra vida. Para el nuevo organismo, su mera existencia es una prioridad. Durante nuestro desarrollo, las interacciones sociales se entretejen con la genética, construyendo una red de conexiones que por un lado dan sentido a la vida y por otro ofrecen las ecuaciones más efectivas para lograr preservar el organismo de la forma más segura. Consideremos el siguiente ejemplo: Cuando un bebé llora y su madre lo atiende, él aprende que llorar es una cosa buena y que pedir la satisfacción de sus necesidades es la mejor manera de preservarse. Por el contrario, si el bebé llora y no le prestan atención, aprende a que el mundo no es confiable y aprenderá a preservarse a través de ser callado. A pesar de que no podemos definir toda una existencia humana a través de estos [aparentemente] simples actos de atención o no, situaciones como la anterior sirven para entender la magnitud de nuestras interacciones primarias en la formación de nuestra persona en todos sus sentidos.

Dado que la preservación tiene una cierta urgencia para nuestra parte biológica, durante mucho tiempo de nuestra vida nuestra atención se dirige hacia el desarrollo de dichas estrategias. Le damos poca atención a las partes más sutiles de nuestra existencia. Filosofías y religiones han intentado dar una explicación a nuestra existencia más allá de nuestra existencia biológica. Muchos llaman a nuestro cuerpo el vehículo de nuestra alma. Muchos otros argumentan que el “soplo” de vida proviene de algo más allá de nuestro entendimiento. Algunos incluso reconocen a Dios como la fuente de vida, otros le llaman Allah, Atman, Brahma, Buda, Cristo, Lo Divino, Espíritu Santo, Fuente Infinita, Universo, Jehová, El Gran Espíritu, La Fuerza, Lo Absoluto, La Verdad Absoluta, Vida o Amor. En la historia se han generado guerras con el intento de definir lo indefinible. Como raza humana, hemos intentado llegar a la decisión unánime de la definición de aquello que abarca el “Todo”. Tristemente, las batallas religiosas están lejos de llegar a un consenso. A lo único a lo que hemos llegado es al entendimiento de que todo ser humano, de todas las diferentes culturas, intenta dar sentido a su existencia desde la perspectiva de su cosmovisión. En realidad, ninguna es superior a la otra, más bien parece como si toda perspectiva tiene como propósito dar una explicación, un entendimiento y sobretodo, un sentido a la vida.

Si nuestra biología se enfoca en su preservación, la vida, como la conocemos, representa una amenaza continua. De esta manera, nuestra existencia, tan intensamente angustiante, nos genera una urgencia en descubrir el sentido o una razón para todo ese sufrimiento al que somos expuestos. Todos los seres humanos en el mundo buscamos la posibilidad de encontrar lo bello de nuestra existencia humana. He allí nuestro reto.

Regresando a esa bellota que cae al suelo, ella parece inerte. Pareciera que el roble “botó” una semilla. Muchos ven ese acto como un acto de eliminación, como un deshecho… pero si vemos de cerca a esa bellota (así como a cualquier otra semilla), en su pequeño tamaño reside la información para convertirse en un majestuoso roble. Esa semilla guarda todo el potencial para llegar a ser algo grande y maravilloso.

En nuestra minúscula gestación, los humanos también somos semilla. Somos semilla con todo nuestro potencial. La experiencia humana, a pesar de que sea dolorosa y difícil, es también una oportunidad para expresar todo aquello que nos hace únicos. Artistas, poetas, bailarines y músicos, todos nos traen interpretaciones sobre su expresión humana. No es extraño que seamos conmovidos e impresionados cada vez que tenemos la oportunidad de ser testigos de cualquier talento humano. Nos apasiona ver arte expresado en todas sus formas. Nos gusta verlo porque nos encanta ver que ese potencial también reside en nosotros mismos. Todos los seres humanos podemos ser poetas y artistas en nuestras vidas. Para lograrlo, tan sólo debemos entrar en silencio por instantes, sostener nuestra biología con gentileza y darle un acogimiento suave y tierno. Solamente así podremos estar en sintonía con ese llamado sutil de nuestro Espíritu (o como quieran llamarle) y atender esa voz interna que clama ser escuchada, que se siente urgida de ser expuesta. En realidad, se trata de la manifestación de la Divinidad que desea ser expresada en su formato único.

Cada ser humano es una bellota, pero no todos nacemos para ser robles. Por mucho tiempo creemos que ser roble es lo único que podemos ser. Vemos a los otros robles y deseamos ser iguales a ellos. ¡Y este es nuestro problema más grande! Somos como la bellota, pero no todos somos bellota. Intentar ser aquello que no somos es la peor de las tragedias. Los demás son valiosos en el sentido que nos guían y nos enseñan lo básico para nuestra coexistencia. Sin embargo, el verdadero propósito de nuestra vida no está en ser como los demás. Debido a que nuestro potencial viene en formas diversas, el verdadero propósito radica en el descubrimiento de aquello que traemos al mundo como algo muy propio, muy singular y muy original.

Lo diferente nos asusta. Creemos que al ser iguales estaremos más seguros, pero esto no es así. Es de valientes el animarse a ser diferentes y dar al mundo una versión original y enteramente nueva de lo que somos.

La valentía es importante, pues se requiere de mucho coraje, especialmente cuando la parte de nosotros que busca la preservación, quiere tener protección de cualquier amenaza. Por lo mismo, ser nosotros mismos muchas veces se siente como si fuera algo que va en contra de nuestra propia naturaleza. Parece ajeno, pero es algo que ha estado en espera mucho tiempo.

Es hora de que cada uno de nosotros sea valiente para surgir en nuestra forma única de ser. Sin embargo, es importante tomar esta sugerencia con sumo cuidado. Algunos confunden “expresión genuina” con “expresión sin filtros”. Todos podemos tener una opinión sobre los demás y sobre sus decisiones y sus formas de ser. La valentía que propongo no se trata de ser valientes en nombre de una justificada cruda honestidad con la cual destruimos a los demás. La valentía a la que me refiero es al coraje de mostrarnos sin justificaciones, sin máscaras, sin miedos, sin sentirnos intimidados y sin esperar resultados. Es animarnos a ser vulnerables en todo el sentido de la palabra. Es diseñar nuestra propia vida y expresarla abiertamente sin miedo al juicio. Es escoger lo mejor para nosotros y que en su mayor beneficio, sea lo mejor para los demás también.

La manifestación honesta, desinteresada y genuina de nuestra forma de ser tiene el potencial (así como la bellota) de dar vida a una nueva forma de ser. Además de hacerlo a nivel individual, si a nivel colectivo se respeta y se celebra la expresión de cada uno de sus miembros, se encontrarán mayores capacidades para promover dicha expresión de forma continua.

Hay muchas razones por las cuales el manifestarnos genuinamente nos es tan difícil. A ningún ser humano le gusta el juicio ni el rechazo y mucho menos la condena. Nos quedamos paralizados evitando el trauma de la ridiculización y tristemente vivimos en comunidades altamente prejuiciosas y juiciosas. Sin embargo, se requiere de pocos valientes para comenzar una nueva tendencia. Con una persona que le otorgue aceptación incondicional a otra, se puede generar una experiencia, la cual probablemente se repetirá. Si hay suficientes personas repitiendo esta misma forma de ser, el movimiento puede tornarse viral. Es más, debe tornarse viral.

El mundo está listo para recibir el regalo de la expresión de nuestro ser individual. La vida espera nuestro aporte. Dar a la vida lo único que podemos dar a manos llenas, a nosotros mismos, es lo que nos da sentido y lo que nos ata a la vida por muy dura que ésta sea. El ser nosotros mismos en todo nuestro esplendor es nuestra urgencia personal. Es también la urgencia que tiene la vida, es para lo que venimos. Nuestra unicidad es el mejor regalo que podemos darle al mundo. Es también el mejor regalo que podemos darnos a nosotros mismos. Que germine entonces nuestra semilla, seamos grandes.

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