El orgullo de la adicción

Por: Lcda. Karin de Schwank, Psicóloga Clínica

Existe un estigma alrededor de la palabra adicción. Muchos tratan de resistirla, negarla e inclusive erradicarla de su vocabulario. Lamentablemente, no podemos eliminarla de nuestro léxico, mucho menos de nuestra vida y menos aún de nuestra cotidianidad.

Todos los seres humanos tenemos un cerebro. Sí, ese órgano maravilloso que nos permite ser extraordinariamente complejos y profundos, pero que muchas veces en su magia, nos lleva a una conducta errática y confusa. Dentro de sus múltiples funciones, el cerebro tiene una función muy básica y es la de mantenernos vivos. Evolutivamente tenemos tres capas en nuestro cerebro: el cerebro reptiliano, el cerebro mamífero y la neo-corteza. Los dos primeros cerebros los compartimos con todos los animales. El cerebro reptiliano se encarga de todas nuestras funciones fisiológicas, como el ritmo cardiaco, la respiración, la temperatura, el hambre y la reproducción. El cerebro mamífero, por su lado, utiliza los sentidos para conectarnos con el mundo exterior.

El cerebro reptiliano está en alerta 24 horas al día los siete días de la semana. Nunca se apaga, no duerme ni se distrae. Cuando el cerebro reptiliano (al cual le llamo “el cocodrilo”) es alertado, el cerebro mamífero (al cual le llamo “el mono”) se encarga de encontrar en su entorno o en su conducta opciones para llevar calma al cocodrilo. El cocodrilo y el mono son amigos inseparables; trabajan como un equipo infalible.

Para explicar más esta relación, consideremos el siguiente ejemplo: Puede que a lo lejos de nuestra casa escuchemos el tránsito de vehículos que circulan en los alrededores, probablemente sin provocarnos ninguna reacción. Sin embargo, cuando escuchamos un rechinido de llantas y después un estruendo, dejamos de hacer lo que estamos haciendo y nuestra atención consciente se va directamente a intentar comprender lo que ese sonido significó. Cada uno de nosotros va a tener una reacción diferente ante ese sonido. La diferente reacción se atribuye a nuestra experiencia con sonidos semejantes. Si fuimos víctimas de un accidente, probablemente nuestra reacción sea más agitada que la de aquellas personas que nunca han estado en uno. Opciones de reacción hay muchas. Durante su vida y desarrollo, cada ser humano construye estrategias de adaptación a las circunstancias de vida que le ha tocado vivir.

En el contexto de nuestro desarrollo, este sistema (el sistema límbico) se va formando y especializándose. Con base en nuestras experiencias, dicho sistema construye redes nerviosas. El mapa de funcionamientos automáticos se diseña a través de repeticiones y de experiencias significativas. Puesto que cada uno de nosotros tiene un temperamento diferente, nuestra percepción del mundo varía de persona en persona, a pesar de que vivamos el mismo evento. La mezcla de lo que somos individualmente, con nuestra interacción con el entorno y los significados que le damos a lo que nos sucede, diseña nuestros mapas en un entretejido único. Este mapeo cerebral construye nuestras reacciones automáticas. Estudios de neurociencia sugieren que 80 a 85% de nuestras conductas provienen de esta porción de nuestro cerebro, el cual es inconsciente. Este cerebro funciona en el presente y no le interesa lo que pueda pasar en el futuro; lo único que le interesa es garantizar el alivio al estrés en el momento presente.

Nuestro cerebro consciente, la neo-corteza, a la cual le atribuyo metafóricamente el nombre de “Einstein”, es la porción de nuestro cerebro que se abstrae. Es la parte que sueña y la que planifica un futuro. Es nuestra parte creativa, la que recuerda el pasado y la que anticipa situaciones que aún no han ocurrido. Construye metáforas, significados y diseña nuestra espiritualidad. Es la parte de nuestro cerebro que nos diferencia de los animales.

Es obvio entonces anhelar que nuestra conducta cotidiana proviniera de esta parte del cerebro, pero lamentablemente no tenemos esa suerte. Cuando la vida que llevamos nos trae tensión, nuestro cerebro inferior (el cocodrilo y el mono) se mantiene en constante alerta. Cuando estamos en alerta, “Einstein” no tiene mucha fuerza en términos de su criterio sofisticado. Al cerebro instintivo no le interesan los planes creativos. Lo que le interesa es la calma inmediata.

Veamos ahora el siguiente ejemplo: El adolescente va por primera vez a una fiesta. Se encuentra con la niña que le gusta, pero se siente tímido. Quiere acercarse y hablarle, pero su corazón palpita tan rápido que lo que encuentra es que no puede moverse de su silla. Su ansiedad se vuelve muy incómoda. En este momento, el cocodrilo entra en estado de alerta. El mono escucha esta alerta y busca formas de traer calma. El movimiento es una de ellas, ya que el cocodrilo lo interpreta como una forma de escape del depredador.

El adolescente entonces se levanta con la excusa de ir al baño. En el camino, se encuentra con un amigo, quien le ofrece una cerveza. De una forma casual, él la acepta. La prueba. Quizá no le guste el sabor, pero en pocos instantes y después de pocos sorbos, encuentra que su corazón ha dejado de sentirse tan acelerado. Se da cuenta de una calma que le agrada. Su cocodrilo está de lo más agradecido. Sus conexiones eléctricas encuentran que este sabor nuevo trae al sistema algo muy poderoso e importante. No lo puede olvidar. Aunque quizá no se termina toda la cerveza (al menos esta vez), el cerebro ya hizo un mapa nuevo que le va a otorgar al organismo una señal efectiva de que cuando sienta una ansiedad igual o mínimamente similar a la de la fiesta, la cerveza podrá ser una buena opción para encontrar alivio.

Es así que, rápidamente, el cerebro que prueba alcohol nota que no sólo se va la ansiedad, sino que también puede producir una aparente alegría deliberada. La felicidad es algo que todos los seres humanos buscamos. Por lo tanto, muy rápido se hace la conexión entre la búsqueda de la felicidad con el consumo del alcohol.

Cuando el cerebro hace esa conexión, es únicamente lógico que esa red nerviosa comience a dispararse con más frecuencia, generándose así un hábito. Este hábito, al repetirse de forma constante, se vuelve fuerte y robusto. El hábito puede ser tan fuerte que pronto se convierte en algo automático y poco después en una adicción. Cuando la adicción llega, el proceso se ha automatizado a tal nivel, que los esfuerzos conscientes para pararlo se convierten en algo casi imposible. Lo que anteriormente se estableció con el intento de traer calma y garantizar felicidad, se convierte en mayores sufrimientos de lo que se intentaba mitigar.

Cuando una persona consume alcohol, la neo-corteza se ve impactada en primera instancia. Su capacidad racional se ve limitada. Es como que si se apagaran los fusibles de la carga energética que permiten nuestro funcionamiento óptimo. Las conductas se vuelven erráticas y muchas veces caóticas, las cuales pueden llegar a convertirse en interacciones dolorosas, dando lugar a que se destruyan relaciones y se favorezca la disfunción. El resultado de todo este escenario, además del sinnúmero de consecuencias negativas, genera más ansiedad, la cual a su vez produce una mayor necesidad de calma. Con esto se establece un círculo vicioso difícil de erradicar.

Este ejemplo utiliza el alcohol como el calmante, pero otras drogas también pueden tener los mismos efectos. Inclusive, puesto que nuestro funcionamiento eléctrico es netamente químico, hasta las conductas simples pueden alterar la química de nuestro cerebro. El ejercicio, el uso de la tecnología, el trabajo, el poder, el control, la pornografía, comprar y la religión, son todas conductas que a pesar de ser cotidianas, algunas de hecho positivas, cuando las usamos con el intento de traer calma a nuestro mundo emocional, pueden llegar a convertirse también en adicción.

Afortunadamente, es posible parar el ciclo de la adicción, pero el trabajo es arduo. Antes que nada, se requiere que la persona reconozca que ha entrado en este ciclo. Esta aceptación trae consigo culpa y vergüenza. Sin embargo, también trae conciencia y la conciencia típicamente está llena de deseos de una mejor calidad de vida. Esta conciencia es importante, es la vía más directa a la felicidad real. Cuando la vida se vuelve ingobernable a través de la adicción, ésta puede tornarse en el llamado a la desintoxicación hacia una vida plena. Para mí el tomar esta conciencia debe traer orgullo, no vergüenza. Ser consciente es ser sano y ser sano es nuestra responsabilidad.

Lo más difícil en el camino de la recuperación es entrenar al cocodrilo a que sea capaz de manejar la ansiedad. Todas las emociones son sensaciones en su forma más básica. Para poder ser funcionales tenemos que estar conscientes de nuestras sensaciones, lo que luego nos permitirá nombrarlas y escoger conscientemente nuestra respuesta. Las respuestas más indicadas deben de venir en formato de autocuidado.

Si hemos tenido una vida llena de adversidad, abandono y abuso, aprender a cuidarnos es difícil. Sin embargo, es necesario. No somos culpables de nuestro pasado pero sí somos responsables de nuestro futuro. Entrar en un proceso de recuperación implica el derecho de conocer nuestro mundo interno. Un proceso individual no es algo que necesitamos, es algo que merecemos. Es un oasis que puede ayudar a que ese “Einstein” genere su obra maestra. Los grupos de 12 pasos también pueden ser útiles, ya que ofrecen espacios para poder hablar de nuestras emociones y para encontrar personas que comparten nuestro mismo deseo de vivir en plenitud.

Domar a nuestro cocodrilo es complicado, pero con calma, con paciencia, con gentileza y con una mente abierta, sobre todo con nosotros mismos, es una tarea que además de convertirse en nuestro reto más grande, se convierte en nuestro mejor regalo al mundo.

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